
Brasil y Estados Unidos: ¿rumbo de colisión?
“El camino hacia una relación cada vez más conflictiva existe. Pero no está predeterminado.”
La victoria de Luiz Inácio Lula da Silva en la segunda vuelta de las elecciones presidenciales brasileñas del 25 de octubre de 2026 abre una nueva etapa en la relación entre Brasil y Estados Unidos.
En mi opinión, las dinámicas acumuladas de la política interna de ambos países, sus divergencias en política exterior, la posición económica y geoestratégica de Brasil y la tradicional búsqueda brasileña de autonomía internacional hacen cada vez más probable un período de fricción significativa entre Brasilia y Washington.
Ese choque no es inevitable. Tampoco parece deseable para ninguno de los dos países.
Pero, si se profundiza, podría tener importantes consecuencias para el hemisferio occidental y para la posición internacional de Estados Unidos.
Una elección que profundizó la desconfianza
Lula fue reelegido para un cuarto mandato después de derrotar a Flávio Bolsonaro en una segunda vuelta muy polarizada.
Tras la elección, Bolsonaro cuestionó públicamente el resultado y posteriormente se trasladó a Estados Unidos, donde continuó denunciando persecución política y fraude electoral.
Las autoridades electorales brasileñas proclamaron oficialmente la victoria de Lula, mientras que las alegaciones de fraude formuladas por Bolsonaro y sus seguidores no han sido respaldadas por evidencia que altere el resultado oficial.
Aun así, la controversia probablemente profundizará tensiones que ya existían entre sectores políticos estadounidenses y las instituciones brasileñas.
Durante los últimos años, Washington expresó fuertes críticas a actuaciones del sistema judicial brasileño relacionadas con Jair Bolsonaro y sus aliados. En julio de 2025, Estados Unidos llegó a imponer sanciones al magistrado Alexandre de Moraes bajo el régimen Global Magnitsky, aunque esas medidas fueron posteriormente retiradas en diciembre del mismo año.
La relación entre ambos países quedó así contaminada por una dimensión adicional: disputas políticas brasileñas comenzaron a entrelazarse directamente con la política interna estadounidense.
Flávio Bolsonaro y otros integrantes de su familia desarrollaron vínculos importantes con figuras del movimiento político de Donald Trump, mientras Lula acusó repetidamente a actores estadounidenses de intervenir en asuntos internos brasileños.
Durante la campaña de 2026, Lula llegó a pedir públicamente a Estados Unidos que se mantuviera al margen del proceso electoral.
Un Lula con menos incentivos para moderarse
Lula inicia ahora un cuarto mandato a los 81 años.
Es razonable suponer que entiende que este será su último período presidencial. Eso podría reducir algunos de los incentivos políticos que anteriormente lo llevaron a moderar posiciones para preservar apoyo en el centro del espectro político brasileño.
Su experiencia personal también pesa.
La prisión que sufrió entre 2018 y 2019, su posterior retorno al poder y su percepción de que actores internos y externos intentaron impedir la continuidad de su proyecto político forman parte del contexto en el que interpreta actualmente la relación con Washington.
Durante los últimos años, esa relación ya acumuló numerosos puntos de conflicto.
Lula calificó las fuertes tarifas estadounidenses sobre productos brasileños como una forma de “chantaje inaceptable”. Criticó asimismo determinadas operaciones estadounidenses contra embarcaciones vinculadas al narcotráfico y rechazó la designación estadounidense del Primer Comando de la Capital (PCC) y del Comando Vermelho como organizaciones terroristas.
Las divergencias también abarcan Venezuela, Cuba, Irán y Medio Oriente.
Lula criticó fuertemente las actuaciones estadounidenses frente al gobierno venezolano y ha defendido históricamente una relación distinta con Cuba de la promovida por Washington.
Brasil también ha utilizado espacios como los BRICS para defender posiciones internacionales que en ocasiones chocan directamente con las prioridades estadounidenses.
Es probable que esas divergencias aumenten durante el nuevo mandato.
Brasil no es México
Una diferencia fundamental entre Brasil y otros gobiernos latinoamericanos que mantienen desacuerdos con Washington es su margen de autonomía económica.
México, por ejemplo, depende profundamente del mercado estadounidense y de cadenas de suministro integradas con Estados Unidos.
Brasil se encuentra en una posición distinta.
China es desde hace años su principal socio comercial. Durante los primeros nueve meses de 2026, aproximadamente el 30 % de las exportaciones brasileñas tuvieron como destino el mercado chino, frente a menos del 10 % dirigidas hacia Estados Unidos.
Eso otorga a Brasilia un margen de maniobra considerablemente mayor.
Cuando Estados Unidos impuso elevados aranceles sobre determinados productos brasileños en 2025, China amplió oportunidades para exportadores del país, incluyendo la habilitación de nuevas empresas brasileñas para vender café en el mercado chino.
Brasil, por su parte, ha aprovechado las tensiones comerciales entre Washington y Pekín para ampliar ventas agrícolas a China.
Durante el nuevo gobierno de Lula, esa complementariedad probablemente continuará.
Una relación con China que trasciende el comercio
La relación Brasil-China ya no puede analizarse únicamente en términos de soja, minerales o manufacturas.
Brasil se ha convertido en uno de los principales socios regionales de la República Popular China en sectores estratégicos.
La cooperación militar se ha expandido mediante intercambios de oficiales, visitas de delegaciones de alto nivel y participación china en ejercicios militares desarrollados en territorio brasileño.
La cooperación espacial también continúa profundizándose.
Brasil y China mantienen desde hace décadas el programa de satélites CBERS. Actualmente está previsto el lanzamiento del CBERS-6 en 2028, mientras nuevos proyectos buscan ampliar las capacidades espaciales bilaterales.
En telecomunicaciones, empresas brasileñas y chinas estudian iniciativas de conectividad satelital que podrían competir con proveedores estadounidenses.
La presencia china también se extiende hacia sectores vinculados con inteligencia artificial, servicios en la nube, telecomunicaciones, robótica y nuevas tecnologías.
Empresas como Huawei, Alibaba y ByteDance tienen una creciente presencia comercial y tecnológica en Brasil.
Desde la perspectiva estadounidense, el problema no es simplemente que Brasil comercie con China.
La preocupación estratégica aparece cuando empresas e instituciones chinas adquieren posiciones relevantes en infraestructuras, redes digitales, sistemas espaciales u otros sectores que Washington considera sensibles.
Los BRICS y la búsqueda brasileña de autonomía
A esta relación con China debe sumarse una tradición mucho más antigua de la política exterior brasileña: la búsqueda de autonomía estratégica.
Brasil nunca se ha concebido simplemente como un aliado subordinado de Washington.
Sus gobiernos, tanto de izquierda como de derecha, han defendido históricamente la aspiración de actuar como una gran potencia regional con capacidad de decisión propia en el sistema internacional.
Con Lula, esa orientación adquiere una dimensión adicional a través de los BRICS.
El grupo ofrece a Brasil un espacio desde el cual impulsar reformas de la gobernanza global, promover alternativas financieras y coordinar posiciones con países que frecuentemente mantienen fuertes desacuerdos con Estados Unidos.
La presencia dentro de los BRICS de China, Rusia e Irán crea inevitablemente tensiones para Brasil cuando intenta presentarse simultáneamente como socio de Occidente y defensor de una mayor autonomía frente a Washington.
Durante su nuevo mandato, Lula tendrá mayores oportunidades para utilizar esos espacios multilaterales para cuestionar políticas estadounidenses en América Latina, Medio Oriente, Ucrania y otras regiones.
Una confrontación que tampoco conviene a Brasil
Nada de esto significa que una ruptura entre Brasil y Estados Unidos sea inevitable.
De hecho, una confrontación abierta sería perjudicial para ambos.
Brasil enfrenta importantes desafíos económicos y fiscales, un Congreso en el que Lula tendrá que negociar constantemente y una sociedad profundamente dividida después de las elecciones.
Convertir a Estados Unidos en adversario permanente no resolvería ninguno de esos problemas.
Estados Unidos tampoco debería desear empujar a la mayor democracia y economía de América Latina hacia una relación cada vez más estrecha con China y otros actores estratégicos rivales.
Brasil y Estados Unidos comparten importantes intereses económicos, políticos y de seguridad.
La cuestión será si ambos gobiernos consiguen impedir que sus diferencias ideológicas, disputas políticas internas y rivalidades geopolíticas transformen esas divergencias en una confrontación estructural.
El camino hacia una relación cada vez más conflictiva existe.
Pero no está predeterminado.
Evitarlo exigirá de ambos lados prudencia política, paciencia y una comprensión clara de lo que cada país realmente tiene que perder.



